Ecofeminismo: alimentando el camino hacia la democracia energética.

Por Lavinia Steinfort (TNI) (Traducción: TRADENER)

El creciente llamado a la feminización de la política – y la política energética en este sentido, es mucho más que simplemente aumentar la representación de las mujeres en los puestos de decisión. Necesitamos cuestionar las formas en que se configuran las políticas energéticas. Necesitamos preguntar ¿energía para quién y energía para qué?

Casi 200 mujeres se reunieron en Bilbo, Euskal Herria, del 2 al 7 de febrero de 2018. Su misión era poner en marcha un proceso, una narrativa que demostrara la necesidad de que la transición energética debe ser ecofeminista: “Eco”, porque el modelo de energía alternativa necesita sustentar la vida, proteger nuestra supervivencia colectiva, y “feminista” porque este modelo impacta de manera desproporcionada en la vida de las mujeres en todas partes. Un nuevo modelo que reconoce y diversifica los roles que desempeñan una multitud de mujeres en sus realidades cotidianas y en la economía política global.
La huelga feminista del 8 de marzo de 2018 vio como una de cada cinco mujeres salía a la calle por toda España. Cientos de mujeres firmaron una petición de apoyo a la huelga, un manifiesto que pide el fin del actual modelo de energía capitalista y heteropatriarcal.

“Vamos a la huelga un nuevo modelo de energía renovable, distribuido, descentralizado, democrático, participativo, descarbonizado, equitativo, justo y en manos de la gente. Un nuevo modelo de energía ecofeminista en el que la energía es un derecho y la vida está en el centro “.

Estas convergencias muestran que las feministas están diseñando estrategias para construir un nuevo modelo energético, ya que la energía se produce y consume actualmente a partir de relaciones de poder sexistas, racistas y clasistas que favorecen la búsqueda de ganancias privadas. Los grupos que ya son tratados con indiferencia por muchas sociedades están aún más marginados, de manera específica y concreta, por el modelo energético actual.

“El modelo energético actual refleja el modelo social”, dice Alba del Campo, periodista, ecofeminista y coordinadora de las dos mesas redondas energéticas de Cádiz. Ambos modelos se basan en la explotación inherente de la mayoría de las mujeres en la sociedad, a través de una división sexual del trabajo que permite el trabajo reproductivo no remunerado. Mientras no se controle esta injusticia sistémica, una transición de energía real estará fuera de alcance.

La desigualdad de género aumenta la probabilidad de que una familia sufra de pobreza energética

La economía política actual todavía espera, o incluso exige, que las mujeres asuman una multiplicidad de roles de cuidado y de hogar. Sin este trabajo no remunerado y en su mayoría invisible, la economía política no podría funcionar. Los servicios públicos que suministran agua (caliente), electricidad y calefacción son esenciales para cumplir estos roles. Si estos servicios esenciales fueran de propiedad pública y fundamentalmente democráticos, incluirían a las mujeres y se basarían en sus realidades diarias, lo que podría ofrecer un camino hacia la redistribución equitativa del poder y los recursos.

¿Cómo se vuelven invisibles las mujeres?

La investigación realizada por Enginyeria Sense Fronteres (ESF) muestra cómo los datos oficiales sobre la pobreza no están desglosados ​​por género. Cuando los datos están desagregados, muestran solo una diferencia del 0,1 por ciento entre hombres y mujeres, pero se basan en el supuesto incorrecto de que los ingresos y las tareas de los hogares se distribuyen de manera uniforme, ocultando realidades en las que las mujeres “sufren una participación desigual en el mercado laboral”. una carga excesiva de cuidado y trabajo doméstico, y una visión de la sociedad donde las tendencias heteropatriarcales continúan dominando”. Los datos que toman en cuenta el ingreso individual muestran una realidad muy diferente, con el 25.7 por ciento de los hombres en riesgo de experimentar pobreza energética y el 49.7 por ciento de las mujeres.

La investigadora del FSE, Irene González Pijuan, descubrió que el 70 por ciento de los beneficiarios de ayuda energética en Barcelona son mujeres. Las familias monoparentales corren un mayor riesgo de experimentar pobreza energética; El 80 por ciento de estos padres son mujeres (madres!!!). A su vez, la falta de acceso a una cantidad suficiente de energía tiene un efecto negativo en el desarrollo de niñas y niños. Pijuan concluye que la desigualdad entre los géneros aumenta la probabilidad de que una familia sufra pobreza energética. Además, con demasiada frecuencia, los análisis de la pobreza energética y la desigualdad tratan a las mujeres como un grupo homogéneo, ignorando cómo los grupos de mujeres materialmente vulnerables, como las madres solteras, las mujeres mayores de 65 años, las mujeres migrantes y las trabajadoras domésticas y del sector de servicios, son de manera material específica más fuertemente afectadas por las injusticias estructurales del modelo energético actual.

Socavando las políticas energéticas que reproducen el patriarcado como la base del capitalismo.

Los oligopolios extractivistas y las políticas corporativistas han impuesto medidas de austeridad humillantes, privatizaciones de los servicios públicos y desigualdad socioeconómica excesiva y creciente, desplazamiento y desposesión, y destrucción ambiental. Estos procesos conducen a niveles crecientes de pobreza energética y un ahondamiento de la crisis ecológica. Las personas más explotadas y discriminadas son las más afectadas: desde mujeres en hogares de bajos ingresos, mujeres de color y mujeres con discapacidades, pasando por mujeres trans, madres solteras y mujeres indocumentadas.

No es sorprendente que la mayoría de los gobiernos, consejos corporativos e instituciones internacionales que determinan las políticas energéticas en distintas sociedades estén dominados por los hombres. Sin embargo, como discutieron Laura Roth y Kate Shea Baird en un artículo de la revista ROAR sobre el potencial del municipalismo, el creciente llamado a la feminización de la política (y la política energética en este sentido) es mucho más que simplemente aumentar la representación de las mujeres en los puestos de toma de decisiones. Necesitamos cuestionar las formas en que se configuran las políticas energéticas Necesitamos preguntar, ¿energía para quién y energía para qué? Como lo expresa Alba del Campo, ¿cuánto y qué tipo de energía necesitamos y para qué se utiliza?

La comprensión de para qué fines las mujeres tienden a usar la energía, con el fin de socavar el modelo energético que reproduce (si no refuerza) el patriarcado como base del capitalismo, es necesaria para priorizar las necesidades y el trabajo que nos sustenta, dice Lyda Fernanda Forero de TNI.

Necesitamos democracias energéticas y políticas participativas en las que una variedad de mujeres comunes y corrientes puedan influir en las políticas energéticas del futuro. El poder de abajo hacia arriba colectivo pero diversificado puede garantizar que un nuevo modelo de energía sea administrado por aquellas/os a quienes el modelo actual explota y discrimina. Pero, ¿cómo podemos llegar allí?

Solo si abordamos la división sexual que sustenta el sistema económico, será posible desafiar fundamentalmente la forma cómo se genera la energía para un modelo de producción y consumo impulsado por el crecimiento. Solo si luchamos por una provisión de energía suficiente y de fuentes renovables, que priorice el cuidado y la subsistencia, será posible lograr el acceso total a la energía como un derecho universal. Solo cuando nos aseguremos de que los diversos roles de las mujeres se reflejen en los nuevos modelos de propiedad pública, a través de procesos de toma de decisiones profundamente democráticos y participativos, tendremos escudos efectivos contra la reprivatización de los servicios públicos. Solo si la lucha de las/os trabajadoras y los sindicatos por una transición energética justa (en relación con el trabajo remunerado) se expande valorando y organizando la diversidad de mujeres que contribuyen con trabajo no remunerado, precario y reproductivo, será posible una economía justa y socialmente justa.

Un nuevo modelo energético que se basa en las necesidades y el trabajo de la mayoría social de las mujeres.

La lucha contra los oligopolios extractivistas y las políticas corporativistas tiene mucho que ganar de comprender cómo el modelo energético actual está afectando de manera desproporcionada a aquellos grupos que ya están más explotados, como las comunidades y las/os trabajadores en la primera línea de las industrias extractivas. Sin tales análisis, es probable que un “nuevo” modelo energético afiance las desigualdades existentes. En otras palabras, para una transición justa hacia la democracia energética, las nuevas leyes y políticas energéticas deben reflejar las necesidades y el trabajo de la mayoría social y diversa de las mujeres.

El éxito de la Aliança contra la Pobresa Energètica al conseguir aprobar la Ley 24/2015 en el Parlamento catalán es una señal temprana de que las políticas energéticas ecofeministas son viables. Esta ley es única en el tratamiento del acceso a la energía como un derecho humano. Un grupo diverso de mujeres afectadas por la pobreza energética participó en su redacción, que, desde 2015, y por primera vez en la historia de España, prohíbe el corte del suministro eléctrico de familias vulnerables en Catalunya.

Desde Bilbo y Cádiz a Catalunya, la lucha por una transición energética justa ya está en marcha. Con coraje y resistencia, podemos hacer que sea aún más fuerte y exponer los impactos materiales del modelo de energía actual, con fines lucrativos, en los “muchos múltiples” de maneras distintas pero coincidentes.

 

www.congrespobresaenergetica.cat/
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Este artículo se inspiró en gran medida en el Curso de Verano “Miradas Ecofeministas, Empoderamiento y Transiciones Energéticas. Compartiendo Experiencias, Saberes Y Caminos en la Universidad de Cádiz, del 5 al 7 de julio de 2018.

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